El último viaje*

Por Camilo Saboya, 11B.

La tormenta encendía brevemente la noche, con episodios de nubes gigantescas que se encendían a la distancia como lámparas de algodón. Las estrellas estaban escondidas tras el vacío absoluto que reinaba en el cielo, y que se alargaba cientos de kilómetros hasta perderse en la distancia. En medio del silencio y la oscuridad, un rayo intermitente atravesaba el cielo a velocidad crucero, pasando entre las nubes sin sufrir alteraciones ni turbulencias de ningún tipo. Solo se movía en línea recta hacia el horizonte.​

Suspendido en su asiento a más de cuarenta mil pies de altura, se encontraba un hombre joven, de cabello negro y saco marrón, sentado en el asiento C de la fila 24. Finas gotas de lluvia golpeaban su ventana, generando un leve sonido que alimentaba sus sueños. Un destello de luz a lo lejos lo despertó de su descanso. De nuevo la noche encendía las nubes y daba algo de luz a la oscuridad que reinaba detrás de la ventana.

Luego de recobrar la conciencia, se puso las gafas y miró hacia la ventana para ver las gotas de lluvia que ya no generaban un sonido tan agradable. El hombre miraba hacia el vacío de la noche, ennegrecido aun más por sus gafas oscuras, y se percató muy rápidamente de que su compañera de fila de vez en cuando lo miraba, asumiendo tal vez que él estaba volando entre las nubes, perdido en sus propios pensamientos. 

Sin dejar de mirar a la ventana se dirigió a ella con voz suave:

-Sé que me ha estado mirando desde hace un rato -la mujer apartó la mirada avergonzada.

-¿Sabe qué es a lo que más han temido siempre las sociedades? Les aterra lo desconocido, la posibilidad de que algo fuera de su entendimiento tienda a amenazar su existencia.

La mujer se dio vuelta y lo miró.

-Pero, aun así, camina. Cuando por mera cuestión de supervivencia se tiene que enfrentar a aquello que no conoce da un paso hacia adelante. Es increíble. Pero en mis tiempos un cilindro metálico gigante atravesando el cielo a novecientos kilómetros por hora podía ser motivo de pánico en el pueblo. Hoy parece que el nuevo temor son los cilindros metálicos que bajan del cielo -se rió un poco, mirando aún hacia la ventana.

-Estaremos aquí por un buen tiempo. Puede decirme Kley.

La mujer se sintió entonces en confianza, a pesar de que él seguía mirando a la ventana. Suficiente confianza para lanzar una pregunta al aire. 

-¿Cómo murió, señor Kley?

-Ni hablé en vida, ni hablo ahora con extraños -dijo con voz carrasposa.

-Me llamo Stela -dijo ella, mirándolo fijamente.

Kley sabía que no podría evadir esa pregunta por mucho tiempo ya que su aspecto no lo dejaba pasar desapercibido, así que resolvió volverse hacia ella y quitarse las gafas. El dolor podía sentirse al mirar a aquel hombre a la cara, y aunque su piel quemada y ya cicatrizada en crudas arrugas sin duda daba para pensar que sufrió mucho en sus últimos momentos, el dolor que este emanaba era distinto al dolor físico.

-Fue una venganza de mi hermano, durante años acumuló rabia hacia mí hasta que una noche, mientras yo dormía, incendió mi hogar con mi hijo y mi esposa adentro.

La mujer se limitó a mirar sus propias manos, grises y con marcas moradas en la punta de los dedos. Kley las notó y se adelantó a su comentario 

-Hipotermia, supongo.

-¿Usted lo sabía? -respondió ella.

-No, la gangrena en sus dedos la delata, y por los rasguños en sus brazos se nota que encontró amigos hambrientos en el camino hasta acá.

Ella sonrió y se quitó la sábana que cubría sus piernas.

El avión siempre permanecía en completo silencio. Los ciento cincuenta pasajeros a bordo se mantenían sentados en sus asientos, la mayoría dormidos, salvo algunos que conversaban con compañeros cercanos o miraban hacia el asiento del frente con una inexpresividad constante en sus rostros.

-Parece saber bastante de muertos y heridas -dijo Stela.

-Después de tanto tiempo aquí sentado, he aprendido a ver causas de muerte en cada marca. No es algo de lo que me enorgullezca realmente, pero no puedo hacer más que eso para entretenerme. Ahora cuénteme su historia. ¿Cómo ha llegado hasta aquí?

-Bueno, lo cierto es que mi historia es bastante decepcionante -dejó escapar una risa-. Siempre pensé que cuando llegara al más allá tendría algo muy macabro para contar, pero solo me perdí en la nieve y me atacaron unos lobos.

-Sí, es bastante común esa muerte -ella se rió, pero Kley no le devolvió la sonrisa.

-Bueno, fue más la hipotermia que el desangramiento, los lobos solo me atacaron y luego me dejaron despellejada en la nieve.

-Vaya, debieron ser horribles entonces sus últimos momentos.

-Un poco, sí, pero en realidad tengo que decirle que más que dolorosos se me hicieron eternos. Es extraño, porque a pesar de que aparecí aquí en un pestañeo, cuando abrí los ojos y lo vi allí dormido estaba muy cansada, como si hubiera tardado mucho en llegar…

Kley asintió.

-Nos ocurre a todos -dijo-. Un anciano que llevaba aquí dos meses me lo explicó.

-Bueno cuénteme.

-No creo que esté aún en condiciones de entender cómo funciona este lugar.

-¿Qué dice? Llevo dos días encerrada en este maldito avión, creo que no hay un solo rincón que no me conozca ya.

-Oh, le aseguro que hay mucho que no conoce.

-Pues ilumíneme -dijo Stela con una sonrisa retadora.

Kley mantuvo silencio por unos segundos, mirándola a los ojos con la esperanza de que dijera algo y desviara el tema de aquello, pero ante la mirada expectante de Stela, se acercó a la ventana y le tendió la mano. Al momento, ella posó una mano sobre la suya.

Un resplandor incandescente la golpeó directo en la cara. La luz fue tanta que sus ojos se cerraron por instinto, pero pronto logró abrirlos y ver de nuevo a la ventana.

En ese momento su mundo tomó color, la noche oscura que cubría el cielo se disipó como si fuera humo, y las nubes fueron reemplazadas por un campo verde. Habían conejos comiéndose la grama y el paisaje estaba rebosante de plantas hermosas. Sobre ellos el cielo se alargaba azul y despejado, como si su aura llenara de vida y color todo lo que estuviera bajo él.

-¿Qué es esto? ¿Qué pasa? -preguntó Stela.

Entonces las figuras cambiaron, de la grama emergieron troncos gigantes arrastrando y desvaneciendo a los animales, en cuyo lugar crecieron plantas, también más grandes de lo normal.

Stela vio dinosaurios rugiendo y aplastando los árboles más allá de la ventana. Los paisajes continuaron cambiando, de lugar a lugar: en un momento estaban en medio de la guerra, y en otro sobre el mar, en uno en el espacio, y en otro en el ártico.

-Lo que ve allá afuera es real Stela, todos son lugares del mundo en el que vivíamos -le dijo mientras por la ventana se movían las pirámides a toda velocidad.

-Entonces el avión es una especie de máquina del tiempo -afirmó ella mientras en su cara rebotaban reflejos de todos los colores.

-No, nosotros no hacemos parte del tiempo -dijo Kley observando el océano.

-No entiendo -dijo ella. Tras la ventana, el Atlántico corría incandescente.

-Cuando la piel de mi cara se calcinó y mi corazón dejó de latir, me esparcí por el mundo como cenizas, todos lo hacemos, y así volvemos al universo del que vinimos a formar un cuerpo.

Stela desvió la mirada hacia él, sorprendida.

-¿Entonces dónde estamos? -preguntó Stela.

-Aquí arriba, la realidad y el tiempo se mezclan en un solo espacio.

Se detuvo un segundo para mirarla a los ojos

-Estamos en todos lados, todo el tiempo…

Junto a ellos el paisaje se elevó sobre el mar y las nubes se acercaron a la ventana deslizándose hacia los lados; al subir la mirada hacia el cielo, Stela vio una ciudad invertida sobre sus cabezas. Calles y parques sobre los que caminaban ríos de gente se acercaban junto a enormes rascacielos que pendían de la tierra como murciélagos.

-No somos parte del mundo ahora… – murmuró- somos fotografías estáticas en el tiempo, no avanzamos, no retrocedemos, solo observamos.

La ciudad colgante empezó a deslizarse por el horizonte hacia el frente de la ventana y, por un momento, a Stela le pareció que atravesaron una nube.

Entonces, por primera vez en todo el viaje, Stela sintió algo de movimiento en ese avión. Parecía que fue hace una eternidad cuando sus pies recibieron la vibración de un avión combatiendo las corrientes de viento. Pero ahí estaba de nuevo, esa ínfima pero constante vibración en el piso le devolvió algo que creyó haber perdido después de tanto tiempo.

-Observe -le dijo Kley refiriéndose a la ciudad en la que ya casi estaban sumergidos.

-Esta es Nueva York hoy.

Tras la ventana los edificios y las personas empezaron a cambiar de aspecto.

-Esta es Nueva York hace 70 años… y esta será Nueva York dentro de 70 años.

-Entiendo -dijo ella, retrocediendo de la ventana. Por supuesto que el paisaje y, con él, la luz, se esfumaron tan pronto como Stela soltó la mano de Kley.

-¿Entonces esto es el cielo? -preguntó observando la negrura tras la ventana. 

-Desearía que fuera el cielo, pero este no es ni por asomo un paraíso, créame. Ver el mundo a través de una pequeña ventana ovalada se vuelve monótono después de un tiempo, y tras años de hacinamiento aquí sentada, la gente tiende a volverse loca, ni hablar de los que son claustrofóbicos. 

-Pero por lo menos no estamos aquí para siempre, ¿no? Pasamos a otros planos hasta llegar al cielo…

-Nadie nunca ha regresado de esos planos siguientes para decir qué es lo que hay allí, pero es probable que eso sea. Al final, todo se reduce a usted y lo que espere: total, usted creyó toda su vida en un viaje después de la muerte que al final no resultó ser así, pero la expectativa lo hizo real hasta el momento de comprobarlo.

Stela lo miró por unos segundos

-Por lo menos -aclaró Kley-, en este plano tenemos siestas, mire a los otros asientos y verá a varias personas durmiendo.

-¿Y? -pregunta Stela

-Bueno, pues que nosotros no elegimos esas siestas, ni cuándo vienen, ni cuándo terminan, solo llegan repentinamente, y en una de esas siestas, nos vamos, tal vez al siguiente plano, como usted cree.

-Y qué hay con el anciano que le explicó todo esto, ¿ya se fue?

-No lo sé. Cuando lo vi llevaba dos meses aquí encerrado, y todavía no tenía su primera siesta, pero entendió la naturaleza de este lugar por el sufrimiento que le causó tener que despedirse de tanta gente con la que enseguida lograba encariñarse; y yo comprendo muy bien su dolor –su expresión cambió radicalmente-. Se lo digo en serio, señora Stela, este lugar se va convirtiendo con el pasar del tiempo en un infierno de monotonía, y la peor sensación de todas sin duda es volver a un puesto solitario, a un silencio sepulcral, después de perder a alguien que trajo algo de color por un instante…

-Vaya, no me puedo ni imaginar la sensación -dijo Stela en voz baja.

-Sí… quizás ese anciano se fue, pero yo aún no consigo descansar.

-Supongo que usted habrá tenido ya bastantes siestas.

-Demasiadas, y todas con la esperanza de no despertar -Kley volteó la mirada y cerró los ojos junto a la ventana.

Stela tomó una manta que había en el piso y cubrió con ella el cuerpo de Kley, quién le respondió con una leve sonrisa mientras esta se paraba de su asiento.

Caminó por el pasillo, mirando a toda la gente sentada en sus asientos hasta llegar a la puerta del baño, donde se encontró con una mujer recostada contra la pared del frente.

Stela no hubiera determinado el contraste entre sus ojos claros y su piel morena si esta no se hubiera volteado para hablarle.

-¿Cómo le ha ido en estas primeras horas? -le preguntó la mujer.

-Bien, supongo. 

La mujer notó algo pesado que colgaba bajo esa respuesta.

-Los primeros días siempre son los más complicados -expresó con una sonrisa–, pero después te acomodas a entender que estarás aquí por un buen tiempo, o tal vez no.

-El… hombre que duró aquí dos meses, ¿a él lo consumió la locura?

La mujer negó con la cabeza.

–La monotonía y el encierro agobian, pero lo que separa a la gente de la locura es la esperanza, siempre mantienen, a pesar de todo el dolor, la certeza de que su momento llegará tarde o temprano.

Stela giró la cabeza y echó un vistazo a la silla de su compañero, cuya ventana negra parecía resaltar entre todas la demás.

-Sin embargo, he llegado a dudar varias veces de mi conocimiento sobre este lugar y el poder que tiene sobre la gente.

Stela volteó la mirada hacia ella.

-Ni siquiera con todo lo que creo saber, logro hacerme una idea de lo que pasa por la mente de ese hombre.

-¿A qué se refiere? -preguntó Stela al deducir que hablaba sobre Kley.

-Oh… pensé que lo sabía… ese hombre con el que usted comparte fila lleva ahí sentado más de 250 años.

El rostro de Stela se deformó en un gesto de horror mientras se tapaba la boca con una mano y el repiqueteo de las manijas abría la puerta del baño.

Enjuagó unas lágrimas con agua y se miró por unos segundos en el espejo. En ese momento no creyó reconocer más a la persona que tenía en frente, tan maltratada y sucia, lejos de lo que alguna vez fue en su juventud; y de nuevo se hizo presente la sensación de que hacía años que no contemplaba su propio reflejo o quizás solo a alguien que le devolviera la mirada.

Stela caminó por el pasillo, de vuelta al asiento 24 B, donde con un gesto entre lágrimas y sonrisas, se acurrucó junto a la manta blanca que yacía solitaria en el asiento de la ventana.

Imagen destacada: https://www.euroresidentes.com/suenos/img_suenos/noche-suenos-euroresidentes.jpg

5 comentarios en “El último viaje*

  1. Felicitaciones Camilo Saboya desde pequeño perfilaste la vena de escritor. Me fascina tu narrativa, te deseo éxitos. Recuerdo en Escritura Creativa tus trabajos👏🏼👏🏼👏🏼👏🏼👏🏼👏🏼👏🏼

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